martes, 13 de marzo de 2018

Huyendo del agua nos metemos en el río



                  

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ASISTENTES : Pocos    
Pablo Carrascosa
Juan Luís
Alfonso Merino
Javi Parejo
Pedro Carrasco
Jose Luís ( Petete)
Diego Parejo
Javi Camacho

KM; 45 .Bastante para como se presentaba la mañana.

Domingo 11 marzo 2018

    Me vuelve a tocar otra vez no se quien tiene la lista  de las crónicas pero esto da la vuelta muy pronto .
   Mañana de domingo y como se prevé cuando  amenaza mal tiempo el whatsapp empieza temprano  ¿que si salimos?, ¿Qué pone el mapa ?, Que esta el día estupendo , que vamos a tomar café ,hasta que Pablo se decide y se lanza  a las 9:10 en la plaza dando 10 minutillos de cortesía a los indecisos .
   A esa hora estábamos 8 en la plaza , nos ponemos en marcha ya que Diego tenia acontecimiento y tenia que estar a la 1 en el pueblo lo cual no lo recalco unas pocas de veces durante toda la ruta para que no se nos olvidara .
  Sin destino final  fijado nos dirigimos al monte. Mas salir del pueblo nos encontramos a Juanma que se une al grupo. Entre charla, con el aire dando de cara  y sin dejar de mirar las nubes llegamos al canal, aquí se despide Juanma que no tiene ganas de barro.
   El primer gran charco  nos da la bienvenida y nos muestra lo que seria el resto de la ruta.
    Lo que a cambiado el campo hace 15 días la alegría que tiene ,no es que corran los arroyos como el del cuadraillo que corren si no los caminos  ,lo que no cambia es la cuesta que con barro se vuelve mas pesada si cabe .

  Una vez reagrupados y despojados de ropa de abrigo ,en este punto es costumbre ¿Por qué será? Se aclara el destino la jornada ,iba a ser el puente Serapio pero  por la poca afluencia de personal  no era el día indicado ya que Pedro Carrasco nos va a descubrir otra variante y mientras mas gente  mejor. A  si es que nos decantamos por el rugidero que hoy tiene que rugir y por que no  decirlo esa zona es donde mas claro esta el cielo que tambien influyó lo suyo, pues allá que nos dirigimos. Llegamos al entalle y nos disponemos a cruzar el regato de Los Parrales que así se llama (lo que sabe el garmin y si no se lo inventa) los mas prudentes a golpes de pedal y otros como yo que ya me había calao en el charco de La Reyertas, a pedal entero.






   Atravesamos la finca El Castillejo por el camino Del Casaron que nos deja en el regato del Valle de la Fuente( este también llevaba tiempo sin correr),que al juntarse con el de Los Parrales se convierte en el arroyo La Fresneda (que clase de geografía os voy a meter hoy) que a la postre seria uno de los protagonista del día.



  Ya en el cordel con el aire en contra, esquivando charcos y con el salpicar en cara  del agua cristalina que de vez en cuando cruza el camino de un lado a otro encauzada por los badenes, llegamos al Rugidero. No fuimos los únicos que tuvimos esa idea ,ya que nuestra llegada salían tres ciclistas. Seguimos por la vereda en las bicis hasta llegar al destino donde si corre bastante agua esto quiere decir que el embalse de Las Muelas tiene que estar hasta la virola nos sentamos allí mismo  y damos buena cuentas de sándwich ,plátanos, las ya casi inexistente  barritas sin olvidar la casi  extinta enrrama de Pedro Carrasco de la cual hace buena cuenta cada domingo.









Foto de grupo, seguimos la vereda  unos ratos montados y los más con la bici a cabresto hasta donde pudimos ,decidimos subir campo a través donde Pedro nos comenta que puede que haya algún camino, por lo que nos reímos por la gran seguridad con que lo dice y la tranquilidad que nos da (se ve que esta zona la ha trabajado poco).Estaba en lo cierto topamos con una alambrada que nos conduce al camino de la casa Del Mentidero el que decidimos no seguir ya que Juan Luís  y Pedro se enzarzan en una conversación en que arroyo y donde desemboca Las Muelas ,ya que estamos aquí no nos íbamos  a ir sin a averiguarlo.






Saltamos  alguna alambra que no puede faltar en ninguna salida dominguera seguimos el cauce hasta ver la mejor opción por donde cruzar hasta que pasa Pablo y todos detrás aquí Petete se le atasca la cala y tiene que hecha rodilla en tierra y Diego que esta a la que se cae le dice que se ha tirado a puerta gayola..

 Después de las risa continuamos por la vereda un buen tramo y por fin damos con la desembocadura de los arroyos ,en un gran charco se juntan  y el de Las Muelas pierde su nombre que pasa a llamarse arroyo de La Fresneda .




  Toca la vuelta unas veces campo a través y otras por veredas de  la derecha hasta poder vadear por un camino que este si viene marcados en los GPS ,esta vez la maquina se impuso al hombre ,en la otra orilla nos espera una rampa que Petete comenta  que no es para tanto unos 300 entre 15 -17 %  esta fuerte el tio y en su nombre la bautizamos “ cuesta a puerta gayola” seguimos por el camino dejando la casas de los lomos a nuestra derecha y descendemos para cruzar otra vez el arroyo esta vez sobre un puente la única vez que no nos mojamos los pies.  




Llegamos a la cañada , a la altura de la mezquitas cruzamos por  quinta y ultima vez el arroyo. Subimos la cuesta  a mitad de esta  y hasta Alico el tiempo que nos había acompañado durante toda la mañana se  empieza a torcer y jarrear ,sobre todo aire a favor ,si tenias suerte y no te sacaba del camino que era otra posibilidad pero tambien caía agua y en un pis pas en el pino .Desde aquí todo para abajo camino y pista de alico canal, carretera del Sajonia a buen ritmo ya  todo el camino con aire de culo , antes de la 1 en la sede tal como quería Diego que ni paro algo raro en el ,unos pinchos unas cervezas y para casa a por una buena ducha con agua calentita que nos la teníamos ganada.
  Lo que parecía que iba a ser una mañana de perros ,se convirtió en otro día de anécdotas y risas .    SIEMPRE VALE LA PENA SALIR.

Sin nada mas que añadir  me despido HASTA LA PROXIMA … 


Crónica Javi Camacho





miércoles, 7 de marzo de 2018

¡¡¡SON ELECTRICAS… POR LOS COJONES!!!
















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 INTRODUCCIÓN
Crónica de Pedro Carrasco Cuesta
Hacía tiempo que no empuñaba la pluma para relatar las peripecias de la peña, por lo que en esta ocasión tenía muchas papeletas para que me tocara, máxime con la querencia y/o fijación que tienen estos canallas para encasquetarme las especiales.
Un año más, y van ya unos cuantos, la familia perrigalguera se apresta a pasar un fin de semana en lo que ya se ha convertido por derecho propio en “la clásica de La Covatilla”. La dedicación y el buen hacer de Fátima, hace que todo esté bajo control para que el viernes fuéramos arribando al alberque, con cuentagotas, una retahíla de Perrigalgos y familiares allegados que se han querido sumar.

Aunque el “hombre del tiempo” haya pintado muy negro las previsiones del fin de semana, no es óbice para que el buen ambiente y la armonía decaigan ni un ápice en un grupo predispuesto a pasárselo bien, independientemente de los imponderables derivados de las inclemencias meteorológicas.
En esta ocasión la dirección de Llano Alto nos ha ubicado en el ala norte de la segunda planta, donde andamos a nuestras anchas al socaire de vigilantes quisquillosos, para saltarnos a la torera todo el reglamento del albergue que incluye, entre otros, la prohibición de consumir bebidas alcohólicas. ¡Y qué hacemos nosotros con el “arsenal” que traemos!



En la tertulia que sigue a la cena me entero de que Diego se ha quedado la burra en la cuadra. ¡Será cagón! Entre copa y copa cada cual especula con el tiempo que hará mañana, y si nos dejará salir o no. La cosa está dividida entre los valientes, cuyo lema es “siempre palante”, y los “guevones”, más remisos a salir e intentando sembrar el derrotismo entre el personal, a base de asomarse a cada rato a la ventana y remarcar con énfasis lo mucho que está lloviendo…¡y el airazo que hace! Inmersos en esas cábalas nos vamos yendo a la “galguera”, con la incertidumbre bulléndonos en la cabeza.
LA RUTA
Durante la noche he barruntado la lluvia y, sobre todo, el ulular del viento sacudiendo las copas de los árboles. Pero, aun así, me presento en el comedor a la hora indicada con el traje de “faena” (y un pan de bizcocho que ha hecho mi mujer), y veo que solo Javielillo ha secundado mi postura. Los demás aparecen luciendo flamante chándal perrigalguero, y con más ganas de atiborrarse de tostadas que de dar pedales. Con la barriga llena la cosa empieza a verse de otra manera y los reticentes van a cambiarse de ropa. Finalmente, entre dimes y diretes y animados por algunas mujeres y jaleados por el cagón de Diego (¡tendrá cara el tío, encima de que…), nos liamos la manta a la cabeza y nos disponemos a salir (todo sea por Pancho, que es novel en estas lides) aunque está lloviendo y lo va a seguir haciendo, según todos los pronósticos. La verdad es que yo no se si estamos locos o no, pero temerarios y un poco jilipollas reconozco que estamos, aunque es verdad que la sarna con gusto no pica, como reza el popular aserto.
Tras las fotos de rigor los ocho “sonados” que conformamos el grupo salimos con dirección a Béjar. Los Javieres (Camacho y Parejo) no terminan de aclararse con los Garmines de última generación, y hemos de parar hasta que se aclaran. Ahí se produce la primera incidencia del día. Tomás anda con la caraja y nos embiste por detrás, saliendo damnificado Pancho, que recibe un doloroso “puntazo” en la zona lumbar.
…Y lloviendo.



Solucionados los entuertos, seguimos bajando por veredas embarradas y traicioneras. Tan traicioneras, que Juanlu no logra embridar su burra y le tira por las orejas, yendo a caer al suelo todo lo largo que es.
Pronto llegamos a Béjar y enfilamos por el itinerario previsto: una subida por un camino pedregoso a cuya derecha, y sumido en un profundo precipicio, se precipita el agitado cauce del río Cuerpo de Hombre.
…Y lloviendo.
Sin dejar de subir, seguimos por una vereda jalonada de robles y pinos (algunos de ellos han sido arrancados de cuajo por el viento) y nos adentramos por un camino que va a dar a un albergue. Javielillo se da cuenta de que vamos mal y tenemos que volver grupas. Las risillas y el cachondeo no se hacen esperar, coreando eslóganes como “¡Garmines al poder!”, a los que responde Javielillo un tanto ofuscado: “Venga patrás, Garmineros”. Enveredados de nuevo, un hombre nos ve pasar y sentencia con sorna: “¡Dejar las bicis pal verano, hombre!”




Más adelante volvemos a deleitarnos con la vista del río, que se despeña rugiendo entre rocas. Continúa lloviendo, aunque con la estampa del río precipitándose en cascada, ya merece la pena haber salido. En una parada para tomar fotos y reagruparnos, Diegui da muestras para que nos preocupemos al verle apearse de la burra e inclinarse con las manos apoyadas por encima de las rodillas y resoplando con movimientos de cabeza, como negando. Preguntado, nos dice que no pasa nada, que es solo un dolor “aquí asin”, dice, agarrándose los riñones.
…Y lloviendo.



Vemos a un hombre apuntalando una pared de piedras que se ha desportillado. Con un poco de retranca le espeto a quemarropa: “¡Qué bueno va a quedar eso, eh compañerete!” La respuesta es tan lacónica como carente de entusiasmo. “SI”, contesta el menda, sin mirar siquiera, que se toca con un gorro descolorido y calza unas catiuskas blancas, como las que gastan los carniceros.
En otro vericueto del enrevesado e idílico sendero cruzamos otro arroyo y nos paramos en el vetusto y rudimentario puente que lo cruza. Allí parados vemos venir a un hombre haciendo footing. Al verle el Demontre en pantalón corto con las nalgas coloradas como un tomate del frio, comenta sacudiendo una mano: “¡Cojones, si nosotros estamos locos, cómo estará ese!”
…Y lloviendo.



Llegamos a Candelario y se produce la anécdota que da título a este relato. Vamos callejeando por las típicas calles empedradas con albañales de este bonito pueblo cuando un franchute, al vernos pasar, comenta no sé qué sobre las “bicicletés”, a lo que responde su mujer, ahora en perfecto castellano: “¡Son eléctricas!”



Al salir del pueblo seguimos subiendo y ahora el desnivel se troca más pronunciado. Javielillo dice que Juanlu se le ha amotinado, quejándose de la dureza de la ruta que le ha marcado un bejarano que, para más señas, en funcionario. A propósito de funcionarios os voy a contar una maledicencia sobre ellos que oí el otro día en la radio, y que me hizo gracia, por lo ocurrente. Dice que los funcionarios los hay de tres clases: los incas, los mayas y los aztecas. El inca es el que llega por la mañana, INCA los codos en el periódico, y hasta las doce. Los mayas son los que se van a desayunar, y cuando llegan a las tres horas, preguntan: “¿MAYAmao alguien?” Y los terceros son los aztecas, que antes de salir al bar en mitad de su trabajo con cualquier escusa, le dice a un compañero: “AZTECArgo de esto”.
Pero volvamos a nuestro propósito. En algunos tramos la exigencia se la subida, en comandita con lo pedregoso del camino, hace a algunos echar pie a tierra, hasta que nos detenemos en el punto más alto que toca ascender. Cuando llego a donde ha parado Javielillo, acezando y sin resuello, me acuerdo de Diego y estoy tentado de preguntar por el “minuto y resultado”, que traducido del fútbol al argot bicicletero, se puede traducir como “porcentaje y pulsaciones”. Allí esperando a que lleguen los demás, conversamos con dos moteros que practican motocross dando saltos increíbles en unos pronunciados terraplenes.



Foto la cual Juan Luis a cazado al vuelo al "motero"

Debido a la altura los árboles han dejado paso a los arbustos de alta montaña y el viento azota con fuerza cuando, por fortuna, la lluvia nos da una tregua.
Para entonces a Juanlu le ha “roto el rumo” y comenta que está regoldando la cachuela de esta mañana. Estamos calados hasta el pellejo y el frio, sobre todo los pies, empieza a hacer mella en el grupo cuando iniciamos el descenso. Ahora echo de menos a mis “compis” los locos suicidas del descenso (Alfonso, Tite y compañías mártires), que me han dejado solito como la una al albur de lo que quieran hacer conmigo estos bandidos.
La senda de la bajada es el súmmum de lo que un amante de la bici desea ver. Es una vereda que baja junto a un arroyo, y lo cruza en varias ocasiones de manera caprichosa por precarios puentecitos de madera.



Juanlu, aunque continúa eructando cachuela, sigue con la matraca de parar a comernos el tentempié, por mucho que Javielillo le diga que solo llevamos 15 kilómetritos. Seguimos bajando, ahora por unos callejones de apenas un metro de anchura en la pedanía de Palomares, y pronto volvemos a Béjar.
Para entonces vuelve a llover y Juanlu, que no aguanta más, se para a meterse el plátano entre pecho y espalda. El grupo, aterido de frio, le espera con la paciencia que es capaz de reunir, hasta que se digna llegar.  
A estas alturas de la ruta ya hemos renunciado tácitamente a completar el último tramo, y enfilamos hacia la carretera que nos conduce a la meta. Se trata de una subida de tres kilómetros y medio con un porcentaje sostenido que ronda el 8 %. Nos lo tomamos con calma, acomodando el ritmo al de Diegui. Javielillo viene sin desbravar y dice que venimos con el “depósito lleno”. Será él porque yo le digo que si hacemos la ruta completa llegamos bien perjudicados. 

A mitad de camino nos detenemos a ver la plaza de toros llamada La Ancianita, un coso que data de 1711 declarado monumento de interés cultural, y considerado como uno de los más antiguos de España. Nos retratamos en el albero y Juanlu, además, lo hace en la entrada de la capilla, como homenaje a su apellido.




Finalmente llegamos al albergue, donde solo nos reciben las jovenzuelas; las mujeres nos saludan tras los cristales desde la segunda planta. ¡Eso está precioso! Para algunos hemos hecho veinte kilómetros de nada, pero yo apelo al refranero para sentenciar: “Pocos pelos, pero bien peinados”.
COROLARIO
Por lo acontecido después, pasaré de puntillas. Ducha reconfortante, cervecita, comida, siesta recolgona (llego el último al lugar de reunión y estos cabrones me aplauden con cierto recochineo), copichuela en Béjar, cena, tertulia, cubatas, partida de cartas… Y lo ocurrido en la pocha que lo cuente otro, que a mí me da la risa. Jejeje…


Al día siguiente, cada uno a su bola: vuelta a casa temprano unos, plataforma otros, Covatilla los más… En fin, éxito rotundo a pesar de que llovió más que el día que enterraron a Bigote, como se dice.
Crónica Pedro Carrasco